ESTAMPAS DE CUBA POR MARIA ARGELIA VIZCAINO
Los Abuelos Cubanos o la Venganza de los Padres
Cuando apenas tenía siete años nació mi sobrino Jorge Luis, para todos nosotros siempre fue Kunini, el
gordito rubio, simpático, bueno, cariñoso, mi compañero de juegos, de bailes, mi chaperón, el primero en
mostrarme que ser nieto de cubanos brindaba una categoría aventajada.

A Kunini yo lo adoraba y lo adoro, aunque notaba que mis padres le daban un trato preferencial. Esto lo
atribuía a que además de ser el más pequeño de nuestro hogar —él y sus padres vivían en los altos de la
casa— ese niño era (y sigue siendo) un ser muy especial, algo fuera de serie, que conquistaba con su gracia a
todo el que lo conociera.

Cuando tuve mi primera hija —14 años después— vi que mis padres se comportaban con ella igual que
fueron con mi sobrino. Es desde este momento que empezó a intrigarme esta propensión o precedencia fuera
de lo común que proyectan los abuelos. Mi propia suegra se sentaba en el piso a jugar a las casitas con mi
niña, cosa que nunca había hecho con su hija. Noté que mi vecina Concha encontraba precioso a su nieto
Marianito que era el más cabezón y travieso del barrio. Me acordé que mi abuela materna Flora, me permitía
registrar el escritorio de mi tío Tony, aún a sabiendas de que no le gustaba.

Llegué a la conclusión de que ser abuelo es como una enfermedad contagiosa, hasta que nació mi nieto André
José el 19 de agosto de 1997, que entonces pensé que también era hereditaria, porque ese niño de casi 7
libras y media, sano, hermoso, me hizo sudar, contraerme, pujar junto a su valiente madre y preferir ser yo la
que estuviera en ese lugar una vez más. Esa inocente criatura me arrancó las lágrimas de emoción que no
derramé cuando nacieron mis hijos y me hizo que olvidara en ese momento el rencor que he acumulado
durante años por el genocida que acabó con mi niñez, mi adolescencia y juventud, y que por su culpa mi
pequeño nieto no pudo nacer en «la tierra más hermosa que ojos humanos han visto». A pesar de esto, le di
las gracias al Todopoderoso porque nació en un país libre.

La escritora Margaret Valladares, en su artículo en inglés titulado Redneck/Cubanazo (May,1990 - South
Florida) dice que los abuelos cubanos están muy envueltos con sus nietos. «They spoil grandchildren with
present» (Ellos malcrian a sus nietos con regalos) y les gusta convivir con ellos no así los americanos, que al
estar retirados, si no están en un asilo de ancianos, se buscan un trabajito medio tiempo o se van como
voluntarios a trabajar a un hospital, con tal de no cuidar a los nietos, incluso algunos se van a vivir lejos
preferiblemente en otro estado. Algo que a un abuelo cubano lo haría morirse de tristeza, como les ha pasado
a muchos al tenerse que separar las familias para huir de la barbarie castrista y poder vivir en tierras de
libertad. Los que han pasado por esto se consumen como una vela que la pobre luz que proyecta es la ilusión
del re-encuentro, hasta que se apagan definitivamente con el dolor de tenerlos alejados por siempre. Y peor
aún, cuantos abuelos han padecido al ver a sus nietos en la flor de su juventud pasar por el Servicio Militar, la
UMAP, el injusto presidio político y el imperdonable pelotón de fusilamiento.

Un abuelo americano no es capaz de dejar o cambiar su entretenido trabajo durante el día, para poder criar a
su nieto, —como es mi caso— los que tenemos esta dicha no podemos describirla. Saber que nuestro nieto
no irá a un Centro de Cuidado Infantil o tendrá una niñera por extraordinaria que sea, nos llena de
tranquilidad, «porque nadie lo cuidará como nosotros» y así nos «babeamos» junto con ellos.

A este estado de «idiotez deliciosa» llegué a nombrarle «abuelitis», pero escuché a un doctor decir que todas
las enfermedades que terminan en «itis» significa inflamación con infección, y este no es el caso. El problema
de los abuelos cubanos es que nos magnetizamos llegando a un grado de deificación sin ser el nieto una
deidad, es como amar en exceso, así que esto sería algo como abueló-icos (igual a alcohólico, de alcohol y de
ico) que en inglés fuera grandparents-holics.

Fue leyendo el artículo que recientemente (marzo/98) nos dedicara a Rogelio y a mí el excelente y admirado
escritor  Esteban Fernández, titulado “La trompa de Eustaquio”, que comprendí que esto no es un síndrome
ni una enfermedad, sino “la venganza de los padres”.

—«Les aseguro que no existe una venganza más dulce en el mundo que escuchar a un hijo diciéndole al suyo:
Oye, Jorgito, no te vayas a demorar mucho en la calle, acuérdate que tu mamá sirve la comida a las siete de
la noche...» Porque vemos que todo lo que nosotros repetíamos a los hijos que parecían sordos, cuando estos
tienen los suyos lo aplican concienzudamente hasta el detalle.

Agradezco a Esteban Fernández no sólo el formidable artículo que nos dedicó, sino la gran oportunidad de
aprender en realidad qué es lo que nos sucede a los abuelos cubanos: La venganza de los padres es el desquite
más maravilloso. ¡Bendita venganza!.-
María Argelia y Rogelio junto a sus nietos
Julián Germán de un mes y medio y André
José de 6 años y medio.

Greenacres, Florida, 8 de mayo de 2004
André José y Julián Germán
cuando cumplió su primer año.
ESTAMPAS DE CUBA POR MARIA ARGELIA VIZCAINO
Los nietos cubanos
A raíz de escribir sobre los abuelos cubanos, me sugirió Rolando Alfonso, un lector amigo de West Palm
Beach, que escribiera sobre los nietos cubanos,
«porque son muy distintos a los americanos o criados a la
americana.»

Enseguida medité al respecto y me di cuenta que el amigo Rolando tenía mucha razón. Vi en ese instante una
película retrospectiva de los nietos de mis padres, mis hijos y los hijos de mi hermano, y los comparé con los
nietos de otras personas conocidas e inmediatamente recordé cuando llegamos de Cuba que nos encontramos
en California con mi sobrino Jorge (para nosotros Kunini) que habíamos dejado de ver a los 9 años. Ya era un
jovencito de 17 años, que hasta se afeitaba, manejaba, estudiaba y trabajaba, integrado al sistema de vida de los
Estados Unidos, pero esto no cambió sus sentimientos; él fue un punto de apoyo muy importante para todos
nosotros recién llegados, especialmente para sus abuelos, viejos y enfermos. Les servía de chofer, de
intérprete, los llevaba al médico, a la tienda, los cuidaba, igual que a sus abuelos maternos. Ni siquiera después
de casado, cuando adquirió nuevas responsabilidades y creció su familia, los ha abandonado, aún viviendo
lejos, a casi 90 millas de distancia, siguió pendiente de todos sus problemas.

Mi hijo menor, nacido en California, desde bien pequeño aprendió a compartir con sus abuelos de ambas
partes, y les sirve de intérprete, incluso, con solo quince años, ayuda a mi padre a arreglar cualquier bobería
que se le rompa en el carro. Igualmente lo han hecho mi hija y mi sobrina, son amorosas y atentas. Ojalá que
los hijos de ellas sigan con esta hermosa costumbre. Todo depende de como los enseñen y de como sean los
abuelos.

Sé que la mayoría de los nietos de origen cubano son así porque los abuelos nuestros se lo han ganado, ya que
habiendo terminado sus funciones de padres, no se retiran a buscar otros entretenimientos, por el contrario, se
esfuerzan más y ayudan a los hijos en la crianza de sus retoños. Se lo comenté a mi lectora amiga de Los
Angeles, Ana Urrutia cuando le contesté su amable carta, los abuelos cubanos son incalificables y en el exilio
son la fuerza motora que más nos impulsa para salir adelante, porque son la confianza de que nuestros hijos no
están abandonados y están mejor atendidos que con nosotros mismos cuando salimos a trabajar y se los
dejamos a ellos, sin contar esa ternura que le regalan que hace que tengan la niñez más feliz y envidiable del
mundo. A veces, los abuelos que trabajan en la calle, no pueden ayudar a criar a los nietos, pero los cuidan los
fines de semana, o en las noches cuando los padres salen a divertirse, y así disfrutan ambas partes (nieto y
abuelo), uno de los mejores momentos que nos regala la vida.

Pero los niños que no hayan tenido unos abuelos así creo que no puedan retribuir de la misma forma. Un
abuelo lejos de sus vidas, incapaces de compartir un plato de comida, una mala noche, por dedicar su tiempo
libre a causas ajenas a la familia, cuando envejecen se tira al olvido.

Desde siglos anteriores, en nuestra patria se respetaba mucho a los abuelos porque estos daban mucho de sí a
los familiares. Contaba la Condesa de Merlin en su carta XXIV, del 12 de junio de 1840:
«A la mujer del gran
mundo en Europa hay que compadecerla cuando la edad le quita los encantos de la juventud (...) se da
cuenta de que si no se ha tenido la costumbre de la abnegación y se ha vivido solo para sí misma, nadie se
cree en el deber de dedicarse a ella.» Y comparaba cómo en Cuba era conmovedor ver con el respeto que se
rodeaba a las madres de familia cuando llegaban a la edad avanzada «la abuela es el centro de todas las
atenciones, de la veneración de todos.» Porque muy lejos de los hábitos europeos no vivía «solo para sí
misma»
.

Recuerdo todavía que de muy pequeña iba con mis padres todos los días a ver a mis abuelos maternos que
vivían muy cerca de nuestra casa, allí estaban siempre mis otros tíos y yo jugaba con ellos a la peluquería,
peinando al que se dejara, que era mi mejor entretenimiento entre tantos adultos y yo la única pequeña. Abuela
Flora me preparaba una panetela de nata que nunca más a nadie he visto hacer igual. Los domingos nos
pasábamos todo el día con mis abuelos paternos, porque vivían un poco retirado de nuestra casa. Allá se reunía
toda la familia, los seis hijos con sus respectivos cónyuges y sus pequeños; en una mesa larga almorzábamos
primero todos los nietos (cuando aquello 12) con los abuelos y después comían nuestros padres, la consabida
sopa de pollo con fideos muy finos y aceitunas, que cocinaba la abuela Ramona como un ángel y es el único
estilo de sopa que he podido tomar.

Mis padres también me han hablado llenos de cariño de sus abuelos, las cosas que les hacían, lo que lo
consentían y cómo sufrieron su desaparición. Todos los cubanos que tuvimos la gran suerte de conocer y
compartir con nuestros abuelos, nos damos cuenta que eran seres muy especiales, un símbolo, una institución,
un remanso de paz que nos protegían hasta de nuestros propios padres. Pero eran nuestros progenitores los
que nos enseñaban a amar y respetar a los suyos, ese ejemplo heredado es el que hace que los nietos cubanos
seamos distintos al de otras latitudes más frías y apáticas sin embargo, siempre esteremos en deuda con
nuestros abuelos, sobre todo con esos que se han encorvado arrullando a los nietos y se han arrugado con sus
problemas, porque por mucho que un nieto haga por un abuelo, nunca llega a retribuir tanto amor y
abnegación brindada.

Ese articulista tan sabio que tiene El Nuevo Herald llamado
José Mármol ha relatado que los abuelos cubanos
dedicaban sus últimos días en calma
«aportando consejos, conocimientos, experiencia y sabiduría a sus nietos
al mismo tiempo que su amorosa compañía»
. Y en el mismo diario aprendí de la gran escritora cubana, Ana
Veciana-Suárez
que el 14 de julio de 1998, bajo el título de «El síndrome de abuela» nos decía que una abuela
«es una madre sustituta dispuesta a acudir cuando la llamen, motivada por el amor, no por la obligación.»
Debe ser que por eso los nietos cubanos dan amor a sus abuelos, porque no se sienten obligados, ni
presionados, somos recíprocos.-
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