ESTAMPAS DE CUBA POR MARIA ARGELIA VIZCAINO
Mi primer día en el exilio
Acabo de leer un artículo, seductor, como los que todo bardo suele escribir, porque hasta su prosa se llena de poesía.
Fue publicado por el Diario las Américas de Miami, el 11 de marzo de 1999 con el título «Mi última noche en Cuba»
firmado por el admirado poeta
Luis Mario.

Desde el comienzo hasta el final cada línea me iba llegando al alma conducida como por un hilo electrizado que
fuertemente me sacudía. Así al descorrerse el telón que me había impuesto, pude comenzar a ver retazos de mi propia
experiencia y sentí hasta el viento que batía el puerto y el sabor a salitre que dejaba en mi boca.

Creí que había olvidado ese día demoledor, y Luis Mario sin maldad ni premeditación, de un porrazo me lo aventó a la
cara. Yo me negaba a recordarlo y el poeta me enseñó con valentía a mostrarlo.

Llegué a los Estados Unidos descalza, porque las únicas sandalias que poseía no resistieron las inclemencias del largo
trayecto. Mal oliente, por estar varios días sudando sin poder asearnos ni lavarnos los dientes. La piel seca, quemada por
tanto tiempo a la intemperie. Un poco deshidratada por los vómitos que me produjo el intenso vaivén del barco. Pero el
dolor físico y las llagas de mi cuerpo no se podían comparar al dolor de haber dejado nuestro suelo lleno de odio,
maldad, ignorantes, confusión, eran
«penas punzantes por dejar atrás mis ríos sudorosos de aflicción, mis palmares
erizados de miedo, mis sinsontes con sus marchas fúnebres».

Por eso prefería mantener en mi memoria mi primer día en el exilio, era más positivo, representaba el futuro libre, pero
hasta el verdor y claridad que vi por primera vez en las aguas de Cayo Hueso, me reflejaban el negror de las aguas de mi
bahía habanera, no sólo contaminada, también manchada por la sangre que se derramaba cada noche allí tan cerca, en el
paredón de fusilamiento de La Cabaña, de los bravos hermanos que lucharon contra el castrismo; los mártires del
Escambray; los de Girón; para que no padeciéramos después, entre otras cosas, de los golpes y linchamientos que
cometieron la «Brigada de Respuesta Inmediata» con sus «mítines de repudio» que laceraban mi fibra tierna y me
tornaba violenta y rencorosa.

Luis Mario con maestría me transportó a esa
«noche de un adiós no deseado, pero totalmente inevitable». Y yo insistía
en memorizar nada más el día de nuestra llegada a la vida soñada, dejar atrás el miedo, la inseguridad, la impiedad, las
humillaciones, borrando las huellas de aquel camino sinuoso, lleno de riesgos que nos condujo a la democracia anhelada.
A muchos cubanos les habrá pasado lo mismo al leer la experiencia padecida por el Poeta Nacional. A él no le quedó
más remedio que conformarse con un puñado de tierra cubana recogida en el aeropuerto de Varadero y «depositada
como un pedazo de campo virgen», en uno de sus bolsillos. Yo me quité la rabia y mi frustración, después que el barco
comenzó su marcha, tirándole con todas mis energías unos huevos al tempestuoso mar que como si se vengara, muy
pronto empezó a desdibujar el contorno de mi Cuba tiñéndolo todo de un azul intenso.

Mis últimas noches en Cuba fueron terribles, hacinados en un centro cerca del mar, sin la más elemental higiene, ni
piedad con los niños, viejos y enfermos. Sin poder dormir porque por los altavoces constantemente estaban haciendo
llamados -a veces falsos- para los que le tocaban irse definitivamente. A pesar de toda la ansiedad y desconcierto que
esto provocaba, el cansancio podía más y nos acostamos encima del poco césped que quedaba y unos cartones. Cerré
los ojos pero no podía dejar de ver aquella plebe enardecida tirando piedras y huevos contra los que decidían irse y
dejarle la «revolución» para quienes la quisieran.

Con una frialdad poco común en mí, siempre tan expresiva, me saqué de mi espalda una cucaracha. Mi madre que me
vio me dijo:
«Así estarás que ni el asco te hizo mover». Pero más asco me daban aquellos perros, —no los cuadrúpedos
que usaban para amedrentarnos— los vestidos de verde, que si nos mordían nos infestaban con su inmundo desprecio
por lo que sí vale la pena en la vida, el amor y la verdad, dos cosas que se desconocen en el comunismo. Por eso
estaban disgustados, porque tenían que trabajar para que nosotros nos fuéramos en busca de la felicidad y ellos se tenían
que quedar a cuidar la podredumbre humana que había generado el «sistema del proletariado», al que ellos
enajenadamente servían.

Luis Mario al igual que yo no ha regresado al suelo patrio. Después de tanta villanía y del enorme trabajo que pasamos
para salir, cómo vamos a permitir que nos impongan nuevamente
«el férreo y burlón yugo de su odioso absolutismo»,
aunque sea por unos días de visita. Al respecto dice el formidable escritor y cubano
Enrique M. Padrón que «esto es
todo un poema de santa intransigencia, la que no nos cansaremos de aplaudir»
(La Cuba que Uva no vio. 28/3/99/
Diario las Américas).

Cuando terminé emocionada de leer ese formidable relato, me di cuenta en una curiosa similitud: El poeta Luis Mario
salió hacia el exilio el 7 de diciembre, una fecha luctuosa, Día de Duelo Nacional de Cuba, por el aniversario de la muerte
en combate del General Antonio Maceo. Nosotros llegamos —después de 5 días dando tumbos— el 19 de mayo, que se
cumple año de la caída de nuestro Apóstol José Martí. Dos de los hombres más importantes de nuestra gesta
independentista, que dieron su vida por nuestra soberanía, y que por falta de ella nosotros tuvimos que partir hacia el
destierro.

Gracias a Luis Mario pude recordar mi última noche en Cuba, y eso me sirvió para enlazarla como debe ser a mi primer
día de exiliada, para darme la clave y poder descubrir que aún sufriendo fuimos bendecidos por el Señor, porque como
bien dice el sabio y tan cubano poeta, Estados Unidos
«nos abría los brazos de la libertad, y no hay riqueza mayor para
quien huye del despotismo.»-
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mariaargelia@hotmail.com
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