ESTAMPAS DE CUBA POR
MARIA ARGELIA VIZCAINO
Casablanca y la Dra. Asela
Gutiérrez Kann
Parte I de II

Quería haber escrito sobre Casablanca mucho antes que la
noticia del fallecimiento de la Dra. Asela Gutiérrez Kann me
sorprendiera y abrumara. Era una modesta Estampa que le
estaba preparando para halagar a esta insigne cubana que
tanto amó a su terruño y que yo mejor que nadie he podido
comprender.

Como es importante que el mundo sepa más sobre ella y su
pueblo costero, no me detengo en el proyecto (y porque tengo
la certeza que ella disfrutará desde el lugar que se ganó al
lado del Señor).

La villa ultramarina de Casablanca «que no es pueblo de
campo sino municipio habanero»; como escribió la misma
Asela en 1998 para La Voz Libre de Los Angeles bajo el título
de «Transfiguración», está enclavada en la colina norte de la
bahía de La Habana. Debe su nombre porque a mediados del
siglo XVIII sólo había un almacén con un caserío todo pintado
de blanco.

Vecina muy cercana de la fortaleza hispana más famosa de
América, el Castillo de San Carlos de la Cabaña, donde se
siguió la tradición de tirar un cañonazo para anunciar el cierre
de la ciudad de La Habana amurallada, que toda Cuba
reconoce como el Cañonazo de las 9 o La Hora de los
Mameyes, y que en Casablanca debe retumbar más que en
ninguna parte.

A partir de la salida de los ingleses de La Habana en 1763 se
establecieron en el poblado marineros, pescadores, que junto
a los familiares de los soldados asignados al fuerte
construido en 1774, y a los presidiarios que trabajaban en las
tareas más pesadas, construyeron el primer astillero que hizo
posible que la Real Hacienda fundara la población en 1780.

También erigieron su primera iglesia bajo la advocación de
Nuestra Sra. del Carmen, pero en 1785 desapareció junto a la
mayor parte del caserío por un voraz incendio. No fue hasta el
1796 que se edificó nuevamente la iglesia por el maestro de
ribera José Triscornia que además construyó un muelle y
careneros para reparar los barcos que llegaban al puerto de
La Habana. A partir de esa fecha se edificaron fábricas de
pólvora y clavos, contando en el censo de 1846 con 120 casas
y unos 894 habitantes.

La nueva iglesia, tal cual la vemos en la actualidad tengo
entendido que se edifica en 1858. Es en ese templo que
Asela Gutierrez Kann, nacida en 1916 dentro de ese bello
paraje de arquitectura caracterizada por lomas y escaleras,
asistía con entusiasmo cada 16 de julio a la Procesión y su
fiesta patronal, que ella misma nos relata como solo sabía
hacerlo en su formidable artículo Transfiguración. «...la
Procesión de Nuestra Señora del Carmen en Casablanca, (...)
muy importante para los casablanqueños».

En la actualidad ya Casablanca no es un término municipal
de la capital cubana, las nuevas divisiones la ubicaron en el
Municipio de Regla y cuenta con 10,000 habitantes. Sigue
siendo considerada una zona industrial marítimo portuaria
que asienta al mayor astillero de la Ciudad de La Habana y al
Observatorio Metereológico Nacional rebautizado Instituto de
Meteorología. Y en la falda de la loma con vista a la entrada de
la bahía, vemos la escultura monumental del Cristo de
Casablanca o Cristo de La Habana, el más grande de su tipo
en Cuba y entre los cinco más grandes del mundo y el
segundo de América, después del Cristo del Corcovado de
Río de Janeiro, Brasil.

Esta obra escultórica de 38 metros de alto, se debe a la
creación de la cubana Jilma Madera Valiente (1915-2000),
quien posee además la afamada escultura de un busto de
José Martí en el año del centenario del Apóstol (1953),
emplazado en el Pico Turquino, que es la montaña más
elevada de Cuba con 2,005 m.

Indiscutiblemente lo que más llama la atención de
Casablanca desde el 25 de diciembre de 1958, es su Cristo
mirando a la gran urbe habanera con una mano en el pecho y
otra levantada en actitud de bendecir, que estremece a todos
los que por allí pasen, ya sea desde la vía marítima o por
tierra. La imponente estatua de 15 metros de altura que con
su base aumenta 5 metros más y 320 toneladas de peso, fue
elaborada por Jilma desde Italia con mármol blanco de
Carrara, empleando en su construcción casi dos años. Posee
12 estratos horizontales divididos en 67 piezas que van
cogidas interiormente atadas a una armadura de hierro, que
al no ponerle pararrayos fue impactado por algunas
descargas eléctricas, ocasionándole algunos daños severos
en 1961, 1962 y en 1986. Por tal motivo tuvo que ser reparada
hasta que definitivamente le instalaron un sistema efectivo
que lo protegiera de las tormentas eléctricas que frecuentan
las zonas tropicales.

Desde hace algunos años fue abierto al público como
atracción turística, ya que donde se encuentra ubicado --a eje
con la Catedral de La Habana-- existe un mirador natural
desde donde se puede observar gran parte de la bahía y la
gran urbe capitalina.

A Casablanca tuve la dicha de conocerla desde bien pequeña.
Pude ver quizás en 1960, la última procesión de la Virgen,
aunque confieso que me acuerdo bien poco; mis padres, que
se casaron en la Iglesia de Arango bajo la advocación de la
misma Nuestra Sra. del Carmen, no se perdían su
celebración los 16 de julio, allá iban a compartir con los
casablanqueños, porque ya en su pueblecito natal no se
sacaba la imagen de la Iglesia. Posteriormente a mediados
de la década de 1960, cuando inauguraron la ruta 71, la visité
periódicamente, pues el ómnibus salía desde el paradero en
mi reparto DeBeche, hasta casi el mismo muelle, donde
tomábamos la lanchita para atravesar la bahía y visitar
nuestra majestuosa Habana. En otras oportunidades, en
vacaciones escolares, íbamos en la misma ruta hasta la
terminal del conocido tren que atravesando por Guanabacoa,
Jaruco, Bainoa, nos llevaba hasta el Central de Hersey, en
Matanzas. Pero la mayoría de las veces íbamos por pasear
solo hasta allí, y en media hora que demoraba en llegar otro
ómnibus, recorría con mis amiguitas aquellas calles
enlomadas, bañándonos con su refrescante brisa marina,
escuchando extasiada las sirenas de los barcos que
anunciaban su entrada o salida a nuestro país.

Por eso entiendo bien a esta admirada escritora que nació en
esta intrincada urbanización y que aún viviendo más años en
el exterior jamás pudo olvidarla, porque yo que sólo la conocí
de niña y de visita, pero al subirme en el carretón de mis
recuerdos, mis sentidos se estremecen y percibo el fuerte
olor, inconfundible, que el mar dejaba en el aire de
Casablanca.

Continúa.-

Casablanca y la Dra. Asela Gutierrez Kann
Parte II de II

No conocí personalmente a la ilustre casablanqueña Dra.
Asela Gutierrez Kann, ni siquiera intercambiamos
correspondencia, pero me sentí su amiga; a través de sus
escritos semanales, primero en el periódico La Opinión y
después en La Voz Libre, ambos de Los Ángeles, me han
nutrido con la sabia que regalaba a raudales.

Hoy gracias a ella admiro más a mis lectores que se han
convertido en mis amigos, y que increíblemente con solo
leerme semana tras semana, pueden comprenderme mejor
que muchos que han estado más cerca, que no han podido
penetrar en mi interior. He visto con satisfacción en más de
una década publicando mis Estampas de Cuba, que muchos
de mis lectores asimilan mi alma a través de mis letras, como
yo he podido sin ver la cara de Asela, apreciar la luz que
irradiaba al mundo.
Para el que no sepa quien es esta intelectual cubana les
extraigo parte de lo que escribió otro apreciado escritor bajo el
título de «Se nos ha ido Asela Gutierrez Kann», se trata de
José Luis Fernández quien diseñó una excelente semblanza
destacando su afición por la literatura desde bien pequeña:
«Es a esa tierna edad que debuta escribiendo cuentos cortos
que son publicados en las páginas infantiles de la revista
Carteles y el periódico El Mundo».

Asela obtuvo un doctorado en Filosofía y Letras en la
prestigiosa Universidad de La Habana, desarrollando su
carrera como profesora, traductora, y muy especialmente el
periodismo y la literatura. Era tan destacada su labor que al
estallar la Segunda Guerra Mundial solicitan sus servicios en
el Buró Británico, en la oficina de propaganda. Entre sus
trabajos más destacados están el de profesora en la Escuela
Normal Juan D. Arosemena en Panamá, y profesora de la
escuela Oklahoma College for Women, en USA; conferencista
aclamada en la Ciudad de Panamá, en México y otras partes
de Centro América, igualmente en el Lyceum de La Habana y
en la Universidad del Aire por CMQ Radio; sus artículos fueron
publicados en prestigiosos periódicos de nuestro país, en
Panamá, Costa Rica y en Estados Unidos en La Opinión, La
Prensa, La Nación, el 20 de Mayo, Diario las Américas, La Voz
Libre, y para las revistas Mirador, Américas, El Comercio, El
Quijote, etc.; trabaja por 10 años como traductora para los
documentos legales y los manuales de los productos de
belleza que produce la Max Factor de Hollywood, también
tradujo durante seis años para la National Technical School, y
para la Swenderborg Foundation de New York las obras de
Enmanuel Senderborg, actividad que desarrolló desde muy
joven en Cuba traduciendo para la Dirección de Cultura del
Ministerio de Educación y para el Diccionario Médico Stedman
que dirigió el Dr. Gustavo Pittaluga.

Nos habla el respetado historiador Octavio R. Costa en su
artículo titulado «Mis recuerdos de Asela Gutiérrez Kann», y
publicado en La Voz Libre el 4 de septiembre, 2003, que en su
libro de cuentos --que lamentablemente no he podido leer--
titulado «Las Pirañas» su autora volcó en sus páginas todo lo
que recordaba de Casablanca. «Describió y narró todo lo que
había vivido desde sus más lejanos años». Y continúa
describiendo Octavio sobre Asela que estaba «dotada de una
lúcida inteligencia y de una sed de conocimientos insaciable
leía todo lo que estaba a su alcance cualquiera que fuera el
tema y además todo lo aprendido lo guardaba en su
maravillosa memoria que nunca se le quebró».

Por eso lo que más la distinguió fue su obra periodística, su
patriotismo y su calidad humana. Como recalca Costa
«Escribía unos artículos tan novedosos y originales, que eran
diferentes a todo lo que escribíamos sus colegas»; su amor
por su tierra natal, que no perdió con sus incontables viajes
por el mundo, ni por los años de vivir alejada del terruño, lo
que reflejaba constantemente en sus trabajos, y en su
asistencia a los forums y convenciones internacionales
advirtiendo al mundo del peligro del totalitarismo y la
necesidad de lograr la democratización de los países
subyugados por el imperio ruso, de ahí que fue de las
primeras en participar en el Congreso de Intelectuales
Cubanos disidentes en París en 1979.

Su extraordinario valor como ser humano lo palpamos al ver
tantas personas compungidas por su desaparición física,
como comprobé al leer la carta que no llegó a tiempo que le
escribió Rosendo Rosell que entre las cosas que más nos
conmueven le decía «tu talento y nobleza sabrán vencer para
beneficio de tus amigos que no te olvidan (...) Tu eres, Asela,
de las verdaderamente buenas amistades que no pueden
hallarse fácilmente en este mundo de embozados e
hipócritas. Tus valiosos escritos en el periódico los leo y releo
para beber la sabiduría de tus experiencias y tu cultura
cosmopolita».

También dijo Rosendo que ella lo graduó de historiador en un
admirable artículo que incluyó en el tercer tomo de sus leídos
libros Vida y Milagro de la Farándula en Cuba. Eso me
recuerda que de mi escribió una vez: «Nunca olvido a los
lectores en quienes he dejado mi 'marca' o, al revés, que con
sus expresiones escritas o habladas me traen emocionantes
recuerdos... Clara, directa, simpática, atraen sus Estampas
Cubanas».

Palabras que agradeceré siempre igual que agradezco que
gracias a escritoras como ella he podido crecer, han sido los
maestros que la providencia puso en mi camino, con ellos me
he enriquecido sin ir a la escuela, por eso sé que su partida
no es definitiva porque nos deja la obra que nos dedicaron en
vida para seguir fortaleciendo nuestros conocimientos y
broten nuevos manantiales que sigan calmando la sed de los
lectores ávidos e interesados en aprender; ellos son como el
sol que descansa en la noche para regresar siempre
alumbrándonos.

Casablanca, de ahora en adelante no sólo presumirá de su
Observatorio Nacional, de su astillero, de sus lanchitas, o de
su gran Cristo de La Habana, porque el mundo también
tendrá que reconocer en la intelectual cubana Asela Gutiérrez
Kann a una de sus mejores hijas, así algún día en las
escuelas de nuestro país tendrán en cuenta su historia, y se
leerá su obra, y lo más probable una modesta placa con su
nombre aparecerá un una de sus calles, que con seguridad
su alma ha recorrido más de una vez, desde el embarcadero
hasta lo más alto de la colina, envuelta en la humedad de la
brisa marina.-

Opiniones y comentarios son bien recibidos escribiendo a
mariaargelia@hotmail.com. Más trabajos de la autora
pueden encontrarlos en esta página:
www.mariaargeliavizcaino.com
Bienvenida su colaboración escribiendo a
mariaargelia@hotmail.com con copia a
guanabacoalabella@yahoo.com.
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***Sra. María Argelia. Caso de ser posible, me pusiera
en contacto digital vía e-mail con algunas personas que
hubieran sido en el pasado residentes de CASA
BLANCA, pueblo donde nací hace 76 años, frente a la
bodega de “La Favorita” y “Zamarin” el zapatero
remendón. Recordar es volver a vivir. (...) leí completo
el artículo sobre Casablanca. No puedo asegurar haber
conocido a la Dra. Asela Gutierrez Kann,  pero dicho
pueblo era muy pequeño,  solo tres calles principales,
allí se conocían hasta los “gatos” pero su edad creo era
cercana a la actual mía,  casi seguro la conocía muy
bien, en un pueblo con solo dos parques es dificil no
conocerse, le agradezco me tenga en su interés, estuve
preso desde 1959 hasta finales de 1979 que salí al exilio
con 400 compañeros mas,  dos días antes de salir visité
dicho pueblo natal, aquello Sra. Argelia era un
cementerio, fui porque pensé que quizás no lo vería
más. Creo que tenía razón.
ATTE. Gustavo Carmona Naranjo.
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