Premiado escritor guanabacoense en importante
certamen literario
1.-Gana el dramaturgo Rodolfo Pérez Valero    importante
premio de Gijón, España

El escritor cubano radicado en Miami, Rodolfo Pérez Valero, acaba de
ganar el Premio del Concurso Internacional de Relatos Semana Negra y
Ateneo Obrero de Gijón, España, dedicado a la literatura policíaca. El
cuento, titulado "Querido Subcomandante Marcos", escrito en parte con
vocablos en náhuatl, recoge el drama de una jovencita de Chiapas que
atraviesa el territorio mexicano y cruza la frontera a Estados Unidos,
sufriendo todo tipo de abusos en una especie de descenso al infierno,
del que logra sobrevivir por la fuerza de su juventud y la esperanza que
brinda el amor.
Por la calidad de los relatos presentados, el jurado decidió que el premio fuera compartido con
"Padre", de Isabel González González, de Sancti Spiritus, Cuba. Y resulta sorprendente la misma
nacionalidad debido a que en el concurso se recibieron obras de España y muchos países de América
Latina.

Durante el fallo de éste y otros certámenes, el director de la Semana Negra, Paco Ignacio Taibo II,
destacó que los premios son concedidos por los propios escritores, de manera que son "premios de
colegas para colegas", así como el hecho de que "son representativos de la lengua hispana, del
español, el castellano o como queráis llamarlo".

Pérez Valero fue uno de los fundadores, a mediados de los años 70, del movimiento de literatura
policíaca en Cuba, y fundador también de la AIEP (Asociación Internacional de Escritores Policíacos)
que ahora reúne a más de dos mil autores de más de 20 países.

Entre sus obras se recuerda "El Misterio de las cuevas del pirata", publicada en 1981 por Gente Nueva;
Confrontación, escrita conjuntamente con Juan Carlos Reloba; y quizás la más famosa en la isla y el
exterior "No es tiempo de ceremonia", ganadora de un primer premio en 1974, y escogido entre los
cien libros de cabecera de selección de textos de Raúl Gutiérrez Moreno
(http://omega.ilce.edu.mx:3000/sites/rincon/trabajos_ilce/concie/htm/sec_28.htm) junto a renombradas
figuras del género policiaco como Agatha Christie, con Asesinato en el Nilo y Asesinato en el Orient
Express; Edgar Allan Poe, con Narraciones extraordinarias; Jorge Luis Borges y A. B. Casares, Seis
problemas para don Isidro Parodi; Mario Vargas Llosa con ¿Quién mató a Palomino Molero?, entre
otros. El dramaturgo Rodolfo Pérez Valero aparece además en el libro "Variaciones en negro: relatos
policiales iberoamericanos", conjuntamente con veinte autores de ocho países: Argentina, Brasil, Chile,
Colombia, Cuba, España, México y Uruguay, considerado una de las mejores antologías de relatos
enmarcados dentro del género "negro":

En la actualidad, es escritor del Noticiero Univisión.

Estimados amigos:

Un logro más de nuestro coterráneo el escritor Rodolfo Pérez Valero, que por la alegría que nos produce
queremos compartir con todos nuestros compatriotas y amigos de Guanabacoa.

Salió en el periódico "La Gaceta", de Ecuador, el domingo 7 de enero, 2007, que su monólogo "Tobita"
será representado en la Segunda Muestra Internacional de Teatro "ENERO TEATRO 2007", que ofrece la
Universidad Técnica de Cotopaxi, entre el 15 y 19 de enero del presente año, llevado por el Grupo
Bataklán, de la Universidad Nacional de Colombia. Este teatrista ya con anterioridad había llevado el
monólogo a México, donde fue muy aplaudido.

Desde nuestra página dedicada a la Villa de Pepe Antonio y a sus hijos en el exilio, le enviamos a nuestro
admirado dramaturgo muchas felicitaciones y el deseo que se siga reconociendo su excelente obra.

Gracias a todos por su atención.
Saludos,
María Argelia

Para ver la publicación puede entrar a http://www.lagaceta.com.ec/portal/content/view/21822/42/
3.-¿Por qué me pasan estas cosas a mí?
Rodolfo Pérez Valero

Algo me sacude. Abro los ojos. No veo nada. Oscuridad. Me sacuden nuevamente. Una mano.
—¡Eh! ¿Eh? —digo a la defensiva, desconcertado. Siento que no puedo discernir aún entre el
sueño que estoy abandonando y la realidad hacia la que me obligan a ir. Quedo en inerme
expectativa, dispuesto a dar por cierto cualquier desatino.
—Sshh. Despiértate, pero no hables alto —me dice una voz conocida, tenue y nerviosa—. La
cama se movió.
Voy comprendiendo: acaba de despertarme Gladys, mi esposa, para decirme que la cama se
movió...
— ¡¿Cómo?! —le pregunto, también en voz baja.
—Se movió, se movió sola. Yo no la moví.
—Sería yo... que me volví para el otro lado.
—No. Tú estabas durmiendo, tranquilo. Y la cama se movió.
Por un instante estoy tentado de buscar una explicación, pero enseguida desecho esa locura.
¿No será un ardid de Gladys para despertarme y...?
—Mira, mi amor, tranquilízate. Debes haber tenido una pesa­dilla— y descubro que le sigo
hablando en voz baja, como te­miendo que alguien, o algo, me escuche. Entonces, no muy
convencido, pero incitado por eso de que las cosas son de una forma y no de otra, concluyo-:
Vamos a dormir.
Claro, que después que me volví para mi lado —porque desde hace tiempo Gladys y yo
dormimos cada uno para su lado—, estuve unos minutos pensando en lo que había sucedido.
Pero finalmente, me dormí. Y la cama se movió. Un ligero movi­miento me rompió la burbuja
del sueño y abrí los ojos. Y ahora, ahora mismo, ya totalmente despierto, la cama se está
moviendo. Sola, espantosamente sola.
Cuando se detiene, me vuelvo muy despacio hacia mi mujer.
—Gladys —le digo con un hilillo de voz que casi ni yo mismo escucho—, sí, se mueve. Se
movió.
—Yo la sentí también —me afirma al oído.
Y quedamos boca arriba, mirando a toda la habitación. No hay nadie más y la ventana, abierta,
está a casi un metro de nosotros. Pero la cama, ¡se movió!
Estoy en el trabajo, muerto de sueño. No dormimos más, y la cama se estuvo quieta. Al
levantarnos, revisé toda la casa, sin saber a ciencia cierta qué buscaba. No hallé nada.
Después, desde afuera, le eché un vistazo al edificio. Había estado pen­sando que quizá
alguien, con una vara, desde la ventana, hubiera podido…
Nuestro apartamento está en el piso doce. No soy supersti­cioso, pero, ¡menos mal que no
está en el trece! Y es imposible. No hay forma de que un hombre pueda llegar a la ventana.
Tendría que haberse descolgado por una cuerda desde la azotea, cuatro pisos más arriba.
Nadie se arriesgaría así por una broma.
Claro, que ahora pienso que quizá la cama no se movió sola. Primero, porque las camas no
acostumbran a moverse solas así como así. Segundo, porque a esa hora de la madru­gada,
semidormido, uno es capaz de agrandar cualquier ton­tería hasta el absurdo, y creérsela.
Tercero, porque tiene que haber una explicación sencilla, como son las cosas en la vida. Lo
único que Gladys y yo no hemos llegado a ella.
Por ejemplo, ahora mismo recuerdo que un amigo, que estuvo viviendo con una bailarina, me
confesó que la muchacha, dormida, se movía espasmódicamente en la cama. Y es que los
músculos, que se tensan durante el entrenamiento y el baile, se relajan bruscamente durante
el sueño. ¿Y si eso nos sucedió, que Gladys, o yo mismo, hubiéramos...? En realidad, ninguno
de los dos hace ejercicios desde quién sabe cuándo. Bastante que me lo critican aquí en el
trabajo, que a los veintiocho años ya tengo una barriguita de cuarentón. Bueno, no sé, sería
cual­quier otra la causa. Pero la cama, ¡no se movió sola!
Es de madrugada. Estoy en casa y me voy a morir del corazón. Cuando nos acostamos, es
verdad que me mantuve despierto todo el tiempo que pude. Pero no hubo remedio: me dormí.
Y en medio del sueño, ¡un grito de terror! Abrí los ojos y des­cubrí una sombra en la ventana. Ya
Gladys me clavaba las uñas en el brazo y cogía aire para gritar nuevamente. Sin pen­sarlo dos
veces, fui a gritar yo también. Pero me quedé sin voz. ¡Menos mal! Pues enseguida me di
cuenta de que era el Negro. Con mi mano, le tapé la boca a Gladys y le susurré al oído:
—Es el Negro. No hay problemas.
Ella movió la cabeza afirmativamente y, después de cerciorarse de que no gritaría, la solté.
—¿Por qué no encerraste al Negro? —me gritó—. Tú sabes que le gusta meterse en la cama
con nosotros.
—Parece que se me escapó —respondí con el disgusto de tener que levantarme a capturar al
maldito gato—. O tú dejaste la puerta abierta.
Habríamos seguido discutiendo toda la noche si a Gladys no se le hubiera ocurrido la gran
idea. ¿Sería el Negro quien movió la cama la noche anterior? Bueno, no discutimos. El tiempo
lo invertimos entonces en coger al gato —al fin lo atrapé, después de dos o tres caricias de
sus uñitas—, y en comprobar si podía haber movido la cama. Lo pusimos sobre la sábana, al
lado de Gladys y, desde la ventana, lo llamé:
—Negro, pss, gatico, ven.
Pero no se movía. Por el contrario, se acurrucaba junto al tibio cuerpo de mi esposa y se mecía
suavemente. Y yo:
—Pss, gatico, Negro, Negrito, ven, mi hijito, anda, ven.
Pero nada.
—Pínchalo —le ordené a Gladys, que ya se estaba quedando dormida junto al gato—, con un
gancho de pelo.
Y Gladys, que desde hace dos años le ha dado por dormir con los rolos puestos, cogió un
gancho y lo pinchó. Todo fue tan rápido que no me dio tiempo a cubrirme el rostro. El Negro me
dejó dos lindos arañazos adicionales de recuerdo, que serán el acontecimiento mañana en la
oficina.
Después realizamos otra prueba: lo puse sobre la ventana y lo pinché yo, quizá un poco por
venganza. El gato maulló, saltó sobre la cama y se acurrucó otra vez junto a Gladys. Y ella se
hubiera dormido si lo hubiera sido porque el Negro mojó la sábana y la hizo levantarse de un
salto.
Encerramos al gato. No parecía probable que él hubiera movido la cama la noche anterior.
Pero quizá sí. ¿Por qué no? Tendría que haber abierto la cerradura del cuartico donde lo
encerramos, pero estos animales son muy inteligentes. Quizá sí. Y nos dormimos sobre la
ropa de cama recién puesta.
Ha pasado una semana. Y cada noche, contando la de las pruebas con el gato, la cama se ha
movido. A veces temprano, a veces tarde, pero se ha movido. Gladys y yo hemos llegado al
acuerdo de no contárselo a nadie, al menos hasta saber por qué se mueve. Y después
haremos bromas sobre eso y nos reire­mos. Por ahora no podemos reímos. Hay que
averiguar qué es lo que sucede.
La verdad es que lo de la cama está resultando algo, como decir, excitante. Da miedo, pero
interesa. Ahora mismo, aquí en el trabajo, estoy loco por llegar a casa y esperar la noche. Si
hasta hace poco nos acostábamos porque no había nada más que hacer, ahora es diferente.
Claro, no siempre fue así. Cuando nos casamos nos divertíamos muchísimo.
Eso fue hace como cinco años. Yo tenía veintitrés y era alto, atlético y bien parecido. Ni siquiera
usaba lentes de contacto —el del ojo derecho se me corre a cada rato. Todavía soy alto. Y a
veces, en cualquier lugar, las mujeres me miran y cuchichean. Pero ya tengo veintiocho años y
es otra cosa. Uno ha cogido madurez, comprende la vida de una forma más rea­lista: cómo
todo debe ser con calma, porque el que vive de ilusiones, muere de desengaños. Eso me
decía mi padre, sen­tado con sus amigos en un banco del parque, y yo me reía de él. Pero es
una gran verdad. Solo ahora, que ya soy casi un medio tiempo, comprendo cabalmente la
enseñanza que encierran esas palabras. Es que los viejos se las saben todas.
Gladys tenía veinte años cuando nos casamos. ¡Y qué veinte años! ¡Trigueña de ojos negros, y
con un cuerpazo…! ¡Una cinturita, unos senos voluminosos que apuntaban para el techo, unas
caderas enormes, y... en fin! ¡Un cuerpo! Pero no fue solo lo físico lo que me atrajo. Sabía bailar
como la que más, y cantaba algunas canciones en francés, de memoria, porque estaba en
primer año de idiomas. Cuando nos casamos lo dejó.
También era muy inteligente, al principio. Después se puso con sus ambiciones, que si yo
debía estudiar esto o pasar aquel curso o coger aquel otro trabajo. ¿Para qué? Yo me sentía y
me siento bien en la oficina. ¿Para qué tomar responsabilidades por veinte o treinta pesos
más? Mi tranquilidad vale más de treinta pesos. Al fin se cansó de empujarme y engordó. Es
verdad que en la calle todavía tiene tremenda aceptación, yo me he fijado. El trópico no es
Francia. Aquí gusta lo exuberante, lo mucho, lo cantidad. Y Gladys tiene mucho dondequiera.
Pero para mí es demasiado. Me asfixio solo de pensar que ese cuerpo me pueda caer arriba.
De mantenerse arriba, ¡ni hablar! Tengo veintiocho años, que no es lo mismo que antes, y ya,
desde aquella época, Gladys me era un poco pesada a veces. Hoy día, entre nosotros casi
siempre es igual: yo voy, y ya. No me pongo a inventar, no vaya a ser que se le ocurra algo
extraño y a esa hora estoy muy cansado después de toda una jornada de trabajo.
Ella, a decir verdad, tampoco se muestra muy entusiasmada con las variaciones. Parece que
le cuesta trabajo mover todo eso y se cansa. iVeintiocho años no son veinte! iY menos ahora
que le sobran algunas libritas! No voy a decir que estemos hechos unos viejos, ¡no! Pero
tampoco es todas las noches como antes, sino, más o menos. .. bueno, como todos los
matrimonios de tiempo. Algunas semanas, ¡qué cosas tiene la vida! hasta se nos olvida. Ir a
acostarse es ir a dormir.
La cama lo ha cambiado todo. Estoy trabajando en un informe que debo entregar al
departamento económico, pero no me atormento. Me siento bien, hasta alegre. ¿Será posible?
Y todo porque, por la noche, algo interesante está sucediendo en casa. Con decir que estoy
durmiendo con el pijama nuevo, el de rayas verdes y rojas. Y hasta a Gladys la veo más bonita,
más arreglada. Y casi no discute ni me pelea. Los dos nos son­reímos mirando el televisor, y
vamos contentos a la cama.
Y antier pasó algo que. .. Bueno, no quise despertarla. Sí, cuando la cama se movió, no la
desperté. La pobre, seguro­ que estaba muy cansada, tan tarde como era. Y me quedé callado.
Primero fue solo un temblor. Yo había tenido la precaución de tomarme medio vaso de café y
ahí estaba, con los ojos que se me querían salir y los cinco sentidos puestos en el
movimiento. Si ya era un hecho incontrovertible, había que encararlo, conocerlo a fondo. Pero
era mejor experimentarlo solo, pues las mujeres son fantasiosas y poco lógicas.
Después siguió una suave ondulación, nada brusca, no, no. Todo lo contrario. Era como yacer
sobre la respiración de una nube. Con franqueza, algo delicioso. Decidí llegar hasta el fondo
del asunto. Para más seguridad, me volví contra la sába­na, me sujeté del colchón y, después
de cerciorarme de que­ Gladys no corría peligro de caerse, cerré los ojos.
El movimiento comenzó a complicarse: unas veces hacia arriba y abajo, otras hacia adelante,
todo muy suave, algunas hacia los lados, pero siempre algo nuevo y después, otra vez un
ritmo, una cadencia, hasta un nuevo cambio. ¡Cuántas sen­saciones! Y la cama no cesaba de
moverse. ¡Qué va! Se estremecía, oscilaba, se alzaba y descendía cada vez más rápido, tanto
que su actividad, ¡cómo explicarlo!, se hacía más ani­mada sin llegar a ser desagradable.
Bueno, llegó un momento en que, sin poder yo evitarlo, mi cuerpo comenzó a chocar con el
colchón y a saltar para caer, una y otra vez, una y otra vez, más y más. La cama comenzó a
chirriar. Hasta que temí que la escucharan los vecinos. Pero, ¿cómo detenerla? Y el ritmo de
sus convulsiones se aceleró. Y ocurrió lo increíble. Lo todavía más increíble, quiero decir. De
pronto comenzó a ascender, conmigo encima. A Gladys no me atreví ni a mirarla. Y subió, a
salticos, más, y más y yo me agarré fuerte, como pude, y siguió hacia arriba, más y más. Y allá,
casi mi espalda a una palma del techo, la cama vibró, vibró. Y, como los sillones de barbero
cuando les pisan el pedal, de pronto descendió hasta que sus cuatro patas tocaron el suelo.
Después, quietud y sosiego. Enseguida me dormí.
Era mucho para una sola noche, pensé al despertar. Pero estaba equivocado. Anoche lo hizo
de nuevo. Sí. No llamé a Gladys porque, la pobre, de seguro estaba muy cansada. Así que me
puse el pijama, me afeité. .. Yo siempre me afeito cada tres días, pero anoche, no sé, temí
molestar a la cama que, como está comprobado, al menos la de mi casa, está viva.
Me tomé el medio vaso de café y, a eso de las dos de la madrugada, lo hizo, con chirridos y
ascensión al techo y todo. No me lo perdí. Y más tarde, cuando me estaba durmiendo,
satisfecho, sentí un temblor. ¡Era ella! ¡La cama! Que lo esta­ba repitiendo. ¡Dos veces en una
noche!
Y ahora, trabajando en el informe, no hago más que pensar en la noche. Y si pienso mucho
hasta me da escalofrío. La em­presa ha cumplido el plan en un ochenta por ciento y todavía
nos quedan dos meses. ¿Se moverá hoy la cama? Hay que hablar con la gente de suministros
para que se ponga al día. ¿Y cuántas veces se moverá? Si cumplimos con un mes de
anticipación podemos coger el premio. ¿Una o dos veces? Tengo que hablar con Niurka, la
flaquita del sindicato, y sensibilizarla con el informe. ¿Y si le da por moverse tres veces?
Acaba de sonar el despertador. Ni el vaso de café me hizo nada. Eran varias noches sin dormir.
Caí en la cama y hasta ahora por la mañana. Si se movió, ni me enteré. Bueno, a levantarse. ..
¿Y por qué Gladys no se ha despertado? Ella siempre oye el timbre antes que yo. No importa,
la pobre. . . ¡Cómo! Al ir a ponerme las chancletas acabo de comprobar que la cama se ha
movido: estaba en el borde de ese mosaico y ahora está en el medio.
—Gladys —la llamo volviéndome hacia ella.
—Humm. Déjame dormir —murmura molesta—. Estoy muerta de sueño.
¡Qué bien luce con ese bobito...! ¡Ese bobito! No se lo ponía para dormir desde los primeros
días del matrimonio.
—¡Gladysl —ahora la estoy sacudiendo.
—¿Qué quieres, cherí? —me dice. .. “Cherí”, como en la época de la luna de miel y las
canciones en francés.
—¿Por qué no me avisaste cuando se movió la cama? —a zarandeo de nuevo, ya con la
certeza de lo sucedido.
—No quise despertarte, cherí. Pensé que habías trabajado mucho y estarías cansado.
—¿Cuántas veces lo hizo? ¿Cuántas?
Gladys abre los ojos. Están enrojecidos y adornados con ojeras.
—Tres —responde aturdida, sin comprender aún qué me dis­gusta-. Igual que siempre: tres.
Ha transcurrido otra semana y Gladys y yo apenas hablamos. ¡Nunca se lo perdonaré!
Hacerme eso a mí. ¿Por qué no me lo dijo? Yo dormía profundamente después de analizar el
pro­blema del movimiento y ella entonces lo analizaba sin mí. ¡Y se arreglaba y se vestía con el
bobito! No en balde se veía tan contenta y se mostraba tan cariñosa. Con engaños de ese tipo
por parte de la mujer no hay matrimonio que resista. Y el nuestro está en las últimas. No le he
dicho nada de esto porque va y quiere divorciarse ahora mismo y estamos en invierno. Y
porque estuve llamando a mis antiguas amigas y la que no está casada, quiere guardarle la
forma a alguien.
Y en cuanto a la cama, bueno, hemos llegado a una especie de acuerdo tácito: el que esté
despierto, analiza lo del movimiento. Y el que no, se fastidia.
Pero así, lo confieso honestamente, el asunto ha perdido mucho atractivo para mí. Ese
movimiento llegué a sentirlo como algo íntimo, personal. Y no puedo concebirlo de otra forma.
No digo que ya no me guste, si estoy despierto, lo disfruto, pero es otra cosa.
Y lo que más me incomoda es que mañana salgo en avión para el interior con Niurka, la
flaquita, a un asunto de trabajo. Y mi mujer se queda cuatro días en casa, ¡sola con la cama! Si
no me muero de rabia es porque voy con Niurka y última­mente hemos hecho una buena
amistad y... iquién sabe! Por si acaso le dije que Gladys y yo estamos separados y dormimos
—cada uno en una cama aparte. Cuando dije “cama” sentí celos. Esta Gladys, cuatro días, ella
sola con…
Acaba de entrar Niurka a la oficina y yo puse cara de tipo totalmente divorciado. Me sonríe y
sigue a ver al director. ¡¿Quién me dijo que era flaquita?! Admito que es delgada, menuda.
Pero, ahora que la contemplo mientras espera a que le abran la puerta, veo que tiene
dimensiones, pequeñas redon­deces que abultan sus ropas. ¿Será posible que bajo esas
telas se oculte algo palpable, sabroso…?
¡No! ¡Basta! Se me pusieron las orejas coloradas y se van a dar cuenta en la oficina. Ya estoy
que me gusta cualquier cosa que no se parezca a mi mujer. Y si no sucede nada entre Niurka y
yo, lo más seguro, voy a quedar en ridículo conmigo mismo. Además, ella no es solo su físico.
Es una compañera muy alegre y dispuesta siempre a ocuparse de cualquier tarea. Y una cara
linda y vivaracha. Y quizá un cuerpecito… Bueno, está bien; pero no es para estar pensando en
eso y en eso y en eso y...
Estoy mirando al techo y Niurka duerme a mi lado en un hotel de provincia, con aire
acondicionado, agua caliente y fría y un restaurante en el último piso con una pianista que toca
temas de películas y nos sonríe al vernos enamorados. Todo muy lindo. Pero en lo que pienso
es en la cama. No, no en la de mi casa. En esta, en esta del hotel. Se mueve.
Pero no, no se mueve sola. Se mueve con nosotros. He descubierto la vida. ¿Yo estaba ciego?
Sí, estaba ciego, estaba muerto y estaba todo. Niurka es el movimiento y la vida. En el avión le
conté una historia que a su vez una amiga mía, hace tiempo, me confesó que un tipo le inventó
y ella no se le pudo resistir.
Es la triste leyenda del hombre que añora tener un niño y la esposa no quiere y así llegan a un
estado de incompren­sión en el que deciden separarse, porque ese hombre ya no puede vivir
sin un niñito, un bebé, así de chiquitico, pero suyo, iqué triste! Tuve que tirarle un poco de tierra
a Gladys cuando en realidad era yo quien la había convencido de que por ahora no podíamos
tener un niño. Pero el fin justifica los medios y mientras le hacía el cuento yo había estado
mirando los labios a Niurka, y el escote, la entrada de los senos... Y allá fue la historia triste.
Esta tiene sus variantes: si uno ya es padre, inventa entonces que está loco por una hembrita o
un varoncito, según lo que haya tenido. Y si tiene hijos de ambos sexos, dice que su mayor
anhelo es tener un par de mellizos. O trillizos si hicie­ra falta. El objetivo es despertar el instinto
maternal que poseen las mujeres, en mayor medida que los hombres, y, de paso, demostrar
que uno es muy sentimental y muy bueno. Y no hay que olvidar, quizá este mensaje le llegue a
la mujer de forma inconsciente, pero está probado que le produce un temblorcito en lo más
recóndito, que existe cierta relación entre tener un hijo y encerrarse en una habitación a hacer
el amor.
Y Niurka sucumbió ante mi historia y mi tristeza. Y ella también entristeció, hasta lloró en el
avión. En fin, que hemos pasado cuatro días divertidísimos, inolvidables.
La primera noche, después de dos largas reuniones con los compañeros de la provincia,
Niurka y yo subimos al restau­rante. Mientras ella leía el menú, me aproximé subrepticia­mente
a la pianista y, cuando iba a hacerle mis peticiones, esta comenzó a tocar Casablanca y sonrió
como diciendo “yo sé lo que ustedes necesitan”. ¡Qué profesionalismo!
Entre mi historia del hijito anhelado —no sabía otra y tenía que exprimir esa hasta que diera
resultado— y el recital de temas románticos, casi no puedo con el bistec. Además, no quería
llenarme mucho. Pasamos al bar y aproveché que se me corrió el lente para llorar, ayudado
por mi amiga la pia­nista, quien me respaldó con el tema de Los paraguas... en la parte de la
despedida en la estación de trenes. Y cuando la muchacha dice eso de “tu sevián que la lalá la
lala, monamur, yetén, yetén…” logré que una lágrima grande, evidente, cayera sobre su mano,
que yo acariciaba. Fue mucho. Llegué a la deses­peración en el problema del bebé y Niurka
decidió ayudarme.
Cuando la desnudé en su habitación, lo hice rápido, con la inconsciencia del que abre a
martillazos una caja oxidada y descubre que era el cofre de un fabuloso tesoro. ¡Y qué tesoros
ocultaba esta Niurka! Todo nuevo, rotundo, turgente. Se cubrió como pudo con las manos. Las
piernas me temblaban y comen­cé a sudar frío. Ella fue a sostenerme y se destapó. Tan rápido
quise mirarla de arriba abajo que se me corrió otra vez el lente y lloré.
—No pienses más en el bebé —dijo Niurka—. Vamos a hacer todo lo posible.
—Sí -la miré lleno de agradecimiento por su bondad.
Y se me abrazó. Sus senos pinchaban de duros. La llevé hasta la cama para no caerme.
Hacerle el amor fue una delicia. ¡Oh, mi Niurka, mi Niurkecita! Eres la vida sobre las sábanas.
Pequeña, incansable: una mujer portátil. ¡Y qué cuerpecito! Nada espectacular, pero todo muy
bien puesto, chiquitico, re­dondito y lindo. Como para...
La contemplo. Ella duerme aquí a mi lado. Yo no he podido dormir de la conmoción. He estado
reflexionando. ¿Así es la mujer delgada? ¡Cuánto tiempo he malgastado en mi vida per­dido
entre tanta carne! Pero soy joven, casi un niño. Solo tengo veintiocho años.
Niurka se está despertando. Abre los ojos. Me mira asom­brada. Y sonríe. Me parece que esta
cama se va a mover otra vez.
Anoche regresé a casa con el agotamiento de cuatro días de trabajo y amor, y me dormí al
instante de acostarme. Y ahora despierto horrorizado con la pesadíllica convicción de que
alguien me ha dejado caer una vaca encima con la intención de ahogarme. La agonía de la
muerte dura hasta que Gladys alza sus pechos de mi rostro y puedo abrir los ojos.
—Te extrañé mucho, cherí —dice, con evidente afán de recon­ciliación—. Contigo la cama se
mueve diferente.
Entonces me acuerdo. Ya había olvidado totalmente esa bobería.
—Anoche, después que llegaste, se movió como nunca —insiste Gladys y, al reír maliciosa y
desenfadadamente, me da un golpe en un ojo, que menos mal que me quité los lentes para
acostarme.
—Si, lo sentí. Y me gustó mucho —le miento. No quiero que sospeche que existe otra mujer.
Y mientras hago esfuerzos por variar nuestra actual situación física, decido cederle a mi mujer,
de ahora en adelante, el aná­lisis del movimiento: acabo de comprender que, después de
haber conocido a Niurka, la cama de mi casa ha perdido todo su significado para mí.
La felicidad completa es breve. Yo, inocente, saliendo con Niurka cada vez que podía inventar
algo, mientras creía que en mi matrimonio todo marchaba bien. Yo, estúpido, fingiéndole por
las mañanas a Gladys que me seguía interesando el movimiento de la cama, no advertí que
hacía un gran ridículo. Porque acabo de descubrir que todo es falso, mentira, que no se puede
confiar en las mujeres, que, en fin, la fidelidad no existe.
Resulta que anoche algo me cayó mal y no pude dormir y cuando la cama empezó con la
fastidieta de su movimiento, me levanté. No tenía ganas de sudarme y estar en ese brincoteo.
Se lo dejé a mi mujer. Pero, icuál no fue mi sorpresa al com­probar que ella ni se enteraba!
¡Dormía plácida y satisfecha!
¡Ah, no! Y la vigilé. Y cuando la cama comenzó por segunda vez y saltó y se sacudió e hizo lo
que le dio la gana, mi mujer siguió durmiendo como una bendita. ¡Maldita!
Esperé a que despertara y cuando le pregunté qué le había parecido el movimiento, ha tenido
la desfachatez de responderme, ahora mismo, que fue maravilloso, que ella últimamente lo
esperaba con los ojos abiertos para analizarlo mejor.
No hay dudas: mi mujer tiene un hombre. Quiero decir, otro hombre. Otro hombre que la deja
exhausta, satisfecha, que la hace prescindir del honesto y fiel lecho matrimonial.
¡Otro hombre!
¡Me ciego! Se me sube la sangre a la cabeza ante tanto engaño. Si no le doy dos bofetadas es
porque soy moderno, nada machista. Pero este es el fin del matrimonio. Es imposible
continuar con una mujer capaz de traicionar así la fe que he depositado en ella en todo
momento, hasta estando lejos con Niurka. Por mi honor, ¡tengo que divorciarme! Y porque, ade­
más, seguro que hay gente que lo sabe. ¿Qué van a pensar de mí si no hago algo? Está visto
que en esto de la infidelidad matrimonial no se puede confiar en nadie. ¡Ni en la propia esposa!
¡Catorce años! Catorce años de aquel asunto de la cama, Gladys y el disgusto del divorcio, que
no quiero ni acordarme! Pero han sido catorce años de felicidad. Porque Niurka y yo nos
casamos. No le dije, por supuesto, que me divorciaba por­que Gladys me estaba engañando.
No es por nada, lo hice por ella misma. No quería que se lastimara pensando que yo oficia­
lizaba nuestra relación porque mi esposa tenía otro y en cual­quier momento me botaba.
Lo hice por ella. Bueno, y porque, en verdad, me dejaba muy mal parado eso de que Gladys
hubiera necesitado de otro para dormir satisfecha. Y aunque yo le juraba que nos
acostábamos en camas separadas, Niurka de seguro sabía que eso siempre es mentira, o al
menos algunos días a la semana es mentira, y en el fondo vivía orgullosa de que yo, además
de cumplir con mi esposa, fuera capaz de salir con ella a me­nudo y darle tanto amor.
Hice muy bien. Porque en eso de la vitalidad del hombre piensa igual la amante que la esposa.
Porque si a una mujer no le gusta que su hombre esté con ella y con otra, menos soporta la
idea de que no lo hace porque no puede.
Lo hice por ella. Porque para Niurka no podía ser lo mismo casarse con un ligón que con un
cornudo. En la práctica era igual yo soy uno solo —porque por un cartelito u otro no iba a
cambiar mi físico ni mi forma de ser. Pero era un problema de imagen. Entre esos dos
términos hay ciertas diferencias de apreciación que yo resolvía diciéndole la verdad, pero no
toda.
Bueno, le dije que ya no soportaba más seguir viviendo sin un hijito mío —confieso que tengo
poca imaginación—, un simple bebecito. ¡Y qué sorpresa me dio cuando llevó mi mano a su
vientre y me dijo:
—iAquí está, mi amor! ¡Aquí está el niñito que tú querías!
No llores.
—Es de felicidad —le dije, y fue que del susto se me había corrido otra vez el lente.
Pero de veras estaba muy feliz. Por el niño. Por el niño y por el pequeño detalle de que, como
nacería antes de los nueve meses de haberme divorciado de Gladys, todos pensarían que nos
separábamos porque yo, ¡qué bárbaro!, iba a tener un hijo con otra mujer. ¡En mi vida he
disfrutado de tanta suerte!
Hace catorce años que soy feliz. Tengo una hija de trece: Lisita. Bueno, Liza. Niurka insiste en
que la llame Liza. Dice que eso de “Lisita” es cosa de viejos. Por fastidiarla, le digo que qué
soy yo si no un viejo, un viejito a quien ella quiere mucho. ¡No sé ni para qué me meto en esos
juegos! Enseguida empieza con el problema de mi barriga, que si por qué no hago ejercicios
como ella, que si me afeite más a menudo.
Menos mal que ya dejó aquello de que si un curso para superarme y que si aspirar a un puesto
mejor. Bastante que me esforcé al principio de estar juntos, por complacerla, y llegué a ser jefe
de departamento. iPero ya! Mi tranquilidad vale más que treinta pesos adicionales. Además, si
yo estudiaba. ¿quién iba a cuidar la niña para que ella fuera a la universidad?
Tengo cuarenta y dos años, que no es lo mismo que antes, y ya di lo que iba a dar. No es
conformismo. Comoquiera que sea me ha ido bien: llevo doce años de jefe de departamento,
me sé ese trabajo como la palma de mi mano, si todos los meses es lo mismo; tengo a
Lisita... Liza, que es inteligentísima como yo, y como Niurka; y, bueno, la tengo a ella. Niurka.
Niurkecita, todavía la llamo así. Nadie diría que ya es una medio tiempo de treinta y seis años.
Lisita y ella parecen her­manas. Y yo, el padre de las dos. Es para morirse de la risa.
Y hoy le dio por venir al campismo. Yo le dije que eso estaba bueno para Lisita, no para
nosotros, pero no hubo forma de convencerla y, bueno, aquí estoy, a su lado, poniéndome esta
trusa. El elástico se me encaja en la cintura y no voy a poder aguantar ni media hora. iY quiere
que yo suba a la loma! ¡Claro, como que ella…!
¡Qué bien le queda esa trusa! Mirándola bien, Niurka está igualita. Mejor aún: los años han
llenado definitivamente sus redondeces haciéndolas, ¿será posible?, más firmes. ¡Qué
cuerpecito! Sus pechos parecen dos muelles comprimidos. Un ángel pudiera hacer trampolín
en la punta.
Mejor no la miro más, no vaya a ser que se crea otra cosa y se embulle. ¡Bastante he tenido hoy
con levantarme casi de madrugada y el largo viaje en guagua, para estar también pensando en
eso! Niurka no. Si por ella fuera siempre estaríamos en el jugueteo. No se da cuenta que ya no
es lo mismo, que uno no tiene veintipico. No es que sea un viejo, pero si me pongo en eso
entonces sí que hay que subirme a la loma en carretilla.
¡Mira que tiene cosas esta Niurka! Aprovecha que voy frente al espejo y, antes de que pueda
mirarme, con fingida inocencia se sitúa ante mí, de espaldas.
—Me estás pinchando —dice juguetona—, con la barba. —Y con su indómita sensualidad,
levanta el rostro para vernos en el espejo.-¡ Aaayyy!
—¡¿Qué pasa?! —no entiendo. Ella se vuelve a mí y me abraza—. ¿Qué pasa? —repito.
—Mi amor, no te vi.
— …
—En el espejo, cuando levanté la vista. No te vi.
Y saca lentamente la cabeza de mis brazos y se vuelve hacia el espejo. Cuando mira, tengo
que sostenerla para que no caiga al piso. Está totalmente estremecida, hasta el espanto.
—No te veo, no te veo. Me veo a mí, pero nada más. Tú no estás. No estás.
Y yo —confieso que estoy asustado, sé que todo es producto de sus nervios, pero me asusto—
miro al espejo. Allí veo a Niurka, con claridad: la intensidad de su belleza resplandece. Y atrás
estoy yo. Pero no soy yo. Soy solo una sombra, una mancha que se pierde en los tonos
oscuros de la nada.
—No te veo. No te veo —repite Niurka en el abandono del pánico.
—Pero yo estoy aquí —le digo.
Mas no me siento tan seguro. Las cosas no siempre son como son ni todo se puede explicar.
¡Oh, no! Ahora es el espejo. Pero, ¿por qué? ¿Por qué me pasan estas cosas a mí?
2.-CARTA DE RECONOCIMIENTO

Date: Tue, 17 Apr 2007 21:56:10
+0200 (CEST)

Un cordial saludo de BATAKLAN
Teatro.

Con esta misiva una felicitación por
su articulo sobre el escritor y
dramaturgo Cubano,
Guanabacoense, RODOLFO PEREZ
VALERO a quien por su intermedio
queremos darle un abrazo de
reconocimiento por su obra y por
este premio tan merecido.

Nosotros tenemos en este momento
el orgullo de contar en nuestro
repertorio con su monologo TOBITA,
dirigido por Jorge Valencia Villegas y
actuado por Luis Felipe Reina, con el
hemos participado en el:

- II ENCUENTRO INTERNACIONAL
DE ARTE POPULAR SIMÓN
BOLÍVAR en Ciudad de México,
Octubre de 2006.

- TEMPORADA DE MONÓLOGOS
Universidad Nacional de Colombia,
Bogotá, Agosto de 2006
En 2005 participamos en la muestra
del FESTIVAL DE TEATRO DE
BOGOTÁ 2005 Sala R101.

Igualmente hemos realizado
presentaciones de teatro intimo en
varios colegios de la ciudad de
Bogotá y continuamos con la obra en
repertorio.
Un abrazo
NATYIBE BARÓN ACUÑA
Representante Legal de
BATAKLAN Teatro
Rodolfo Pérez Valero, escritor premiado que enorgullese a Cuba y
especialmente a los guanabacoenses
CONTENIDO DE ESTA PÁGINA

1.- Gana el dramaturgo Rodolfo
Pérez Valero importante premio
de Gijón, España.
2.- Carta de reconocimiento.
3.- ¿Por qué me pasan estas
cosas a mí? Rodolfo Pérez Valero.
4.- CUBANOS DE LA DIÁSPORA EN
LA VIGÉSIMA SEMANA NEGRA DE
GIJÓN.
5.-NOTA DE PRENSA: Cubanos de
la diáspora en la Semana Negra
de Gijón
4.- CUBANOS DE LA
DIÁSPORA EN LA VIGÉSIMA
SEMANA NEGRA DE GIJÓN

por Rodolfo Pérez Valero

La Semana Negra cumplió 20 años. Está
dedicada a la literatura policiaca, pero es un
evento cultural totalmente atípico, para bien.
Allí, todo puede suceder. Usted puede
contemplar un ballet vertical, en la pared del
estadio de fútbol de Gijón, conversar con su
autor favorito, sea español, francés, italiano,
cubano o de muchos otros países, y participar
en el concurso que premia a la más sabrosa
tortilla de papas.

Puede conocer a los mejores fotorreporteros
internacionales del momento, los más famosos
creadores de comics, los más imaginativos
escritores de ciencia-ficción, y sufrir mientras
un escapista huye apenas de una trampa
mortal, verdadera, en el mismo recinto donde
los autores policiacos firman sus novelas y
comentan sus proyectos.

Como la semana de Manzanero, “tiene más de
siete días”, pues dura diez. Las mesas
redondas, las presentaciones de libros y los
paneles de especialistas son los menos
solemnes que se pueda imaginar, a pesar de
que son entre autores que se toman muy en
serio su profesión. Muy probablemente, esto
se deba en gran parte a su creador y director,
el exitoso escritor asturiano-mexicano Paco
Ignacio Taibo II, que en toda su vida no se ha
puesto una corbata y a quien casi no dejan
entrar, por no estar “correctamente vestido” a
una entrega de premios literarios en México en
la cual, casualmente, él el máximo ganador.

Cuatro miamenses fuimos a esta vigésima
Semana Negra. Fui invitado por ser el único
autor que ha ganado en cuatro ocasiones (la
última en el 2006) el Premio Internacional de
Cuento de la Semana Negra (vale decir que el
autor que me pisa los talones, con tres
premios, es otro cubano: Lorenzo Lunar).
También, por haber sido fundador de la
Semana Negra, en 1988, a la que acudí junto
al escritor policiaco y coterráneo
guanabacoense Alberto Molina, mi hermano
del alma, quien decidió, en ese momento, dar
el paso que tantos dimos, antes o después, y
se quedó en España.

En esta ocasión, me acompañaron mi hija
(guanabacoense como yo), y mi esposa
(guanabacoense por adopción). El viernes 6
de julio, comenzó esta sana locura cuando
salimos unos 140 escritores de más de 10
países escoltados por decenas de periodistas
en el Tren Negro hacia Gijón, y por el camino
realizamos la primera mesa redonda. Al llegar
a Asturias, hicimos una parada en Mieres,
donde nos recibió una banda de gaiteros que
nos guió en una caminata por esa localidad.
Más tarde, en Gijón, nos dio la bienvenida la
banda municipal, y esa misma noche fue
inaugurado el evento, con la presencia del
presidente del Principado de Asturias.

Cuando llegamos al recinto de la Semana
Negra, nos sorprendió de qué forma se había
hecho realidad la idea de Taibo de que fuera
la mayor fiesta cultural popular de toda
Europa. En el Parque Isabel la Católica
encontramos toda una calle con carpas de las
más importantes librerías de España, junto a
tres salones de encuentros de los escritores y
el público. Pero, esto era sólo el núcleo de la
Semana Negra, porque al doblar la esquina
hallamos decenas de carpas de los más
famosos restaurantes de Gijón, seduciendo al
visitante con los exquisitos aromas de sus
cocinas. Y algo más adelante, el gran
escenario por donde, en otros años, han
pasado Manolín, el médico de la salsa, NG la
Banda, y el Gran Combo de Puerto Rico, entre
otros, rodeado de carpas de las más
populares discotecas de la ciudad, entre ellas
la Bodeguita del Medio, de los amigos Javi y
Pío, gijoneses de alma cubana. Y por si fuera
poco, a sólo unos pasos se alzaba un gran
parque de diversiones con decenas de
aparatos y cuya atracción principal era una
gigantesca estrella o noria con luces que se
veían a lo lejos desde casi todo Gijón y que de
manera natural se ha convertido en símbolo
del amplio carácter popular de la Semana
Negra. Y para rematar, casi cien carpas que
completaban un festivo mercado callejero,
pulguero internacional donde era posible
comprar desde los últimos CD musicales hasta
artesanía andina, mientras mujeres africanas
tejían trencitas en los cabellos de jóvenes
gijonesas y supuestas gitanas nos leían la
palma de la mano y nos auguraban un
excelente futuro, siempre que les pagáramos
diez euros.

La principal carpa, dedicada a los encuentros
de los escritores y el público, mostraba en sus
paredes las fotos que testimoniaban las dos
décadas de Semana Negra. Allí vimos fotos de
José Latour, el cubano que escribía con el
seudónimo de Javier Morán, y quien al lograr
salir de Cuba vivió por un tiempo en Gijón
antes de establecerse definitivamente con su
familia en Canadá, desde donde ha visitado la
Feria del Libro de Miami. En otra de las
instantáneas descubrimos a Ignacio Cárdenas
Acuña (quien con su “Enigma para un
domingo”, a principios de los años 70, se
convirtió en el decano de los escritores
policiacos cubanos) encabezando una
interminable fila durante esa noche en que la
Semana Negra logró el récord de la conga
cubana más larga del mundo. Y fotografiamos
la foto para traérsela, porque Cárdenas, el
querido “hermano mayor” de todos nosotros,
asistió hace una década a un encuentro de
autores policiacos en Filadelfia y decidió no
regresar a la isla, y reside en Miami, donde
prepara un nuevo libro de cuentos.

En Gijón se nos unió el también miamense
Daniel de Prophet, narrador y poeta nacido en
Jovellanos., quien acudió a esa ciudad a
investigar, precisamente, aspectos de la vida
del famoso intelectual y político gijonés Gaspar
Melchor de Jovellanos. Pero ya allí, lo
conquistó la insólita dualidad de abarcadora
fiesta popular y cultural y, desde ese
momento, decidió participar activamente en la
Semana Negra.
Tuvimos también el privilegio de compartir allí
con el escritor habanero Amir Valle, quien
desde hace unos meses reside en Berlín
después que las autoridades cubanas
dificultaron su regreso a la isla, probablemente
por la crítica descarnada de sus novelas, que
se desarrollan en medio de la marginalidad de
Centro Habana. Amir, quien ha estado
ganando concursos y cosechando éxitos en
España y otros países de Europa, fue uno de
los más populares autores invitados al evento.
Una de sus obras recibió allí el premio a la
Mejor Novela del Año, de la NOVELPOL, la
sociedad de españoles lectores de literatura
policiaca.

Junto a Paco Taibo, Amir presentó la novela
póstuma del muy querido Justo Vasco, el
mulato que salió del Vedado para ayudar a
organizar una de las Semanas Negras y se
quedó allí en Gijón, enamorado de esa ciudad
donde fundó su familia española, donde una
repentina muerte nos lo arrebató. Por elección
de Paco y de Cristina, la viuda de Justo, Amir
fue el encargado de culminar la escritura de
esa novela inconclusa de Vasco, “El guardián
de las esencias”, que se desarrolla, dónde iba
a ser, en La Habana.

Este año se filmó un documental sobre la
Semana Negra, y su realizador fue un cubano,
el documentalista y director de televisión
Lázaro Buría, residente desde hace años en
España.  Y no cuento aquí al laureado escritor
José Carlos Somoza, también presente, pues,
aunque nació en La Habana en 1959, sus
padres se exiliaron con él en España y toda su
vida la ha desarrollado en ese país.

También debieron haber estado el villaclareño
Lorenzo Lunar, a quien sus ácidas novelas
con títulos de boleros, descarnados lienzos de
la corrupción y el mundo marginal de la
actualidad cubana, le han ganado un espacio
en el panorama editorial español. Pero tanto a
Lunar como al también cubano Yoss, uno de
los más exitosos cultores de la ciencia ficción
en la isla, la embajada española en La Habana
les demoró demasiado la visa, y no pudimos
contar con su presencia.

En la Semana Negra, los cubanos pudimos
compartir y discutir ideas, planes y proyectos
con autores de otros países latinoamericanos
como México, Argentina, Colombia y Perú,
pero también con escritores de Estados
Unidos, Canadá, y la mayoría de los países
europeos.
Para mí, la Semana Negra es, hecho realidad,
el sueño de cualquier escritor que no sea un
académico solemne y aburrido. Como dicen
sus organizadores, en sus primeros 20 años
han pasado por allí once elefantes, mil
escritores, trescientos dibujantes, veinticinco
magos, un fakir y una docena de directores de
cine, además, por supuesto, del más del millón
de personas que, cada año, acuden,
simplemente, a disfrutar de un buen libro y de
una suculenta comida, y a cerrar la noche con
una cubanísima rueda de casino, pero
sosteniendo la última novela de su autor
preferido bajo el brazo.
20 años no es nada, como dijo Gardel. Lo
importante es que hay más, que el 2008 será
el primer año de la próxima veintena, de una
Semana Negra absolutamente internacional
donde, afortunadamente, los cubanos hemos
podido poner nuestro granito de arena. Y así
seguirá siendo.-
Rodolfo Pérez Valero. Narrador. Nació en
Guanabacoa, La Habana, en 1947. Autor de literatura
policial, ciencia ficción y teatro. Graduado de Artes
Dramáticas de la Escuela Nacional de Arte y
licenciado en Literatura Hispanoamericana en la
Universidad de La Habana. Entre otros, ha publicado
No es tiempo de ceremonias; Leopardos, máscaras y
ratones; Para vivir más de una vida; El misterio de
las cuevas del pirata y Crimen en noche de
máscaras. El cuento que publicamos pertenece a la
antología Aventuras insólitas.
Rodolfo Pérez Valero y su esposa, en
Gijón, Asturias.
Al llegar a Asturias, hicimos una parada
en Mieres, donde nos recibió una
banda de gaiteros que nos guió en una
caminata por esa localidad.
NOTA DE PRENSA

Cubanos de la diáspora en la
Semana Negra de Gijón

Por María Argelia Vizcaino

Practicamente acaba de finalizar la Semana
Negra de Gijón, a la que acudieron varios
cubanos de la diáspora.
Este importante evento que se celebra
cada año en Asturas, España, cumplió 20
años y está dedicado a la literatura
policiaca. Comenzó el pasado 6 de julio y
contó con 140 escritores de más de 10
países, que arrastraron decenas de
periodistas en el Tren Negro hacia Gijón,
donde les dio la bienvenida la banda
municipal, y el presidente del Principado de
Asturias.
Varios cubanos de la diáspora compartieron
mesas redondas y encuentros de los
escritores con el público español, entre los
que se destacan mi coterráneo Alberto
Molina; Daniel de Prophet, narrador y poeta
nacido en Jovellanos; Amir Valle, escritor de
mucho éxito en España y otros países de
Europa, que reside en Berlín desde que las
autoridades de la isla le dificultaron su
regreso a la patria, y mi también
compueblano Rodolfo Pñérez Valero, quien
fue invitado especial por ser el único autor
que ha ganado en cuatro ocasiones (la
última en el 2006) el Premio Internacional de
Cuento de la Semana Negra (siguiéndole
muy de cerca, otro autor cubano, con tres
premios: Lorenzo Lunar).
Pérez Valero acudió allí junto a su esposa y
su hija, también guanabacoense, para
recibir un homenaje, porque además de ser
el único que ha ganado en cuatro
oportunidades, es fundador de la Semana
Negra, pues asistió a la primera, en 1988,
junto a su gran amigo, el también escritor
policiaco y coterráneo guanabacoense
Alberto Molina, quien decidió, en ese
momento, pedir asilo en España.
Finalmente, Pérez Valero y su familia
disfrutaron unos días de la hospitalidad que
les brindó en su apartamento madrileño
Alberto Molina, quien es especialista de la
distribuidora de películas Sony en España.
Y me aseguró Rodolfo que, caminando por
las callejuelas del viejo Madrid, Molina y él
no pudieron evitar el evocar las largas
conversaciones sobre actuación y literatura
que junto a otros amigos (yo presencié
algunas) sostenían en la querida patria
chica donde escribieron sus obra iniciales:
Guanabacoa.
Felicitamos desde esta página al escritor
guanabacoense residente en Miami,
Rodolfo Pérez Valero, porque además de
ser un orgullo de Cuba llena de gloria el
nombre de toda hispanoamérica.
e-mail  -  
mariaargelia@hotmail.com
RECOMIENDA
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